Galerías · Geografía
Por qué las galerías se agrupan en las mismas tres calles
Chelsea, el Marais, Auguststrasse, Cork Street: los barrios de galerías se forman por razones que casi no tienen que ver con el arte y sí con el alquiler, el paso de gente y las costumbres de paseo de quien tiene dinero.
En toda ciudad con mercado del arte hay una calle, o un grupo de tres, donde están las galerías. Quien visita da por hecho que siempre fue así. No lo fue. Los barrios de galerías nacen, se mudan y mueren en un ciclo de veinte a treinta años, y en todas partes los mueven las mismas fuerzas: espacio barato, alguien que llega primero, gente que colecciona y que disfruta caminando y, después, inevitablemente, el alquiler.
El ciclo
Empieza con el espacio. Un barrio de industria ligera pierde a sus inquilinos, los edificios son grandes, baratos y de techos altos, y una galerista con más ambición que dinero coge una planta. La primera atrae a una segunda, porque quien colecciona hace el viaje por dos galerías y no por una. Con cinco, el barrio tiene nombre. Con veinte hay un bar, una librería y un fin de semana de galerías. Con cuarenta, los propietarios se han dado cuenta, llegan las marcas de moda y la galerista que lo empezó todo está mirando un antiguo taller a dos kilómetros.
Chelsea, en Nueva York, siguió ese arco desde mediados de los noventa, cuando las galerías dejaron el SoHo, que lo había seguido en los setenta cuando las galerías dejaron la calle 57. El Marais en París, el recinto Löwenbräu en Zúrich, Auguststrasse en Berlín, los arcos bajo las vías en Londres: la misma historia con distinto acento.
Por qué importa caminar
El factor decisivo es el sábado de quien colecciona. Los compradores serios visitan galerías igual que otra gente visita mercados: a pie, en una tarde, seis u ocho seguidas. Una galería sola en un barrio periférico recibe a quien vino por ella; una galería en un barrio de galerías recibe a quien vino por la vecina. El valor de una ubicación es el número de galerías que hay a diez minutos a pie, y por eso los barrios son densos y por eso una galería que se muda sola suele perder un tercio de sus visitas el primer año.
Nadie coge el coche para una galería. Todo el mundo camina hasta ocho.
Una galerista que se ha mudado dos veces en Berlín
La regla de las tres calles
Los barrios rara vez pasan de tres o cuatro calles, y el motivo es ese mismo paseo. Pasado más o menos un kilómetro, la tarde se acaba. Así que los barrios se intensifican en vez de extenderse: las galerías ocupan segundas plantas, patios traseros y sótanos antes de cruzar a la calle siguiente. Cuando por fin un barrio salta, salta lejos, a la siguiente bolsa de espacio barato, y el ciclo vuelve a empezar.

Leer una ciudad por sus barrios
Casi todas las ciudades tienen ahora dos o tres barrios en fases distintas. El antiguo, con las galerías establecidas, los precios altos y la boutique de moda en la esquina. El actual, con los programas de media carrera y el fin de semana de galerías. Y el nuevo, a medio encontrar, con tres galerías en una antigua imprenta y muchísimo que caminar entre ellas. El Atlas de este sitio los nombra para doce ciudades. La regla para una visita es empezar por el barrio nuevo por la mañana, que es donde está la energía, y terminar en el antiguo, que es donde están los bancos.
Las excepciones
Dos clases de galería escapan al ciclo. Las muy grandes, que construyen destinos y pueden permitirse que se las visite a propósito, y las domésticas, que enseñan en pisos y viven de las citas y no del paso de gente. Todas las demás viven del paseo, y el paseo es la razón de que el Atlas esté organizado por calles y no por nombres. Los nombres cambian. La costumbre de caminar de una puerta a la siguiente un sábado por la tarde no ha cambiado desde que el primer marchante abrió una segunda sala en París hace siglo y medio.



